Da Espanha, a escritora Magda Martin envia essa crônica.
La fachada encalada presentaba desconchones que mostraban el gris del cemento. Las tejas, ennegrecidas por la humedad y el verdín, dejaban ver de trecho en trecho, pequeñas matas de flores silvestres semejantes a penachos de adornos funerarios.
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Llegué a la entrada apartando a mi paso los cardos que llenaban lo que, en su tiempo, fue el jardín. El interior me abofeteó con la humedad de su encierro. Olía a moho. Una tenue luz que entraba por el ventanal del salón, rompía la penumbra total. No quedaban muebles. No quedaba nada. La sensación fue la de no haber tenido vida jamás. Incluso la energía había huido del dolor.
La cocina mantenía el fogón eléctrico sobre la chapa de la antigua de carbón y una butaca desvencijada llena de polvo y mugre, descansaba en una esquina. Los recuerdos se amontonaban en mi mente como una jauría de perros rabiosos contra los que debía luchar.
Aquella casa ahora me pertenecía, la había vendido. Los compradores me dijeron que la echarían abajo para construir una nueva, estaba demasiado vieja. Sí. Aquella casa debía morir.
Mientras subía al piso superior, miré por la ventana de la escalera desde la que se veía la calle. Todavía mantenía una cortinilla mugrienta que al intentar separarla para ver el exterior se desprendió de la barra de metal y se deshizo entre mis manos.
Cuando llegué al pasillo, contemplé las tres habitaciones. La que había sido alcoba de mi madre, mantenía la puerta entreabierta y vi un agujero vacío. El suelo sucio, con manchas aquí y allá, en un amago de recuerdo de vida, de algo útil puesto allí en alguna ocasión olvidada ya. Luego observé la puerta de la que, durante tantos años, fue la mía. Todavía conservaba puesta en la cerradura la llave y un escalofrío recorrió mi espalda mientras evocaba aquellos sucesos antiguos. Entré. Las contraventanas cerradas dejaban pasar un rayo de luz y pude contemplar la cama con la madera del cabecero mohosa, con manchas negras de podredumbre como si padeciera una enfermedad mortal. Ni sillas, ni cortinas, ni espejos
Me pareció que las paredes rechazaban los recuerdos, luchaban por huir, por olvidar, lo mismo que yo. Instintivamente miré a la pared de la izquierda. Junto a la puerta, como un asidero a la felicidad perdida, continuaba la muñeca troquelada en madera pintada de azul que había sido el premio a uno de mis relatos en la escuela. La cogí y la limpié con mis manos. Podría llevármela como recuerdo.
El jergón antiguo de finos hierros enrollados, sin colchón, se mostraba como un esqueleto de un cadáver que quiso ser hermoso alguna vez sin conseguirlo, y me estremeció. No pude evitar el recuerdo de las humillaciones sufridas por el cuerpo de mi padrastro sobre aquella cama. Luego, después del abuso, salía en busca del consuelo de mi madre y la encontraba en su habitación fumando mientras escuchaba a su cantante preferido con los auriculares puestos. Sólo podía llorar acurrucada en un rincón con el terror como único alivio.
Ahora todo había finalizado, la casa también. Aquella visita era la aceptación de mi vida, asumir todo lo ocurrido y lanzarlo al aire como un globo para que escapara de una vez para siempre de mi recuerdo.
Salí de la habitación y miré la muñeca troquelada de madera que conservaba en mis manos. Dudé. Ella también formaba parte del ayer. La colgué, otra vez, en la alcayata clavada en la pared y cerré la puerta con aquella llave con la cual, tantas veces había intentado evitar la humillación de la violación, luego abrí la ventana del pasillo y la tiré a lo que había sido, un día, el jardín. Allí se quedó perdida entre los desperdicios.
Volví a mirar la habitación cerrada como una tumba y con la comparación, sentí en mi interior un resurgimiento, una resurrección. Si, allí se quedaba enterrada mi juventud. Ahora, podía seguir viviendo.
MAGDA MARTIN